

Esa mañana, después de almorzar, a eso de las 11, llamaron a la puerta. Por el timbre del timbre ya sabía yo que era el "Mozo de Méntrida", de nombre de pila impronunciable por ridículo y obsceno. Bueno, vamos, que se llamaba Cojoncio; vale; pero todos le conocíamos por el "Mozo de Méntrida" porque un abuelo suyo naciera en aquel lugar y Madrid, de donde él era, no tiene personalidad ni entidad alguna según su particular parecer. Vamos, que ni marca ni da esplendor a decir de él mismo: -hay muchos de Madrid pero ¿Y de Méntrida? ¿Cuántos conoces de Méntrida?- Así que abrí la puerta sin mirar. El Mozo es el único, que yo sepa, capaz de hacer hablar al timbre, aparato por lo demás electromecánico del que parece imposible sacar tonos y menos aún augurar estados de ánimo si no es presionado por el dedo de El Mozo, que de manera inexplicable consigue que ese sonido anticipe su sosiego -tán volátil por otro lado- con un acierto que dejaría pasmado al más incrédulo. Ese día, el timbre sonó rápido, nervioso, agudo. Parecía decir: -abre, abre, corre- Entró en casa como Pedro por la suya. Yo ya iba por el pasillo de vuelta al salón, a refugiarme del calor que produce el más mínimo movimiento en pleno Julio, y El Mozo se dirigió en sentido opuesto, a autoservirse un café con hielo que, por descontado, siempre hay en la cocina, pero no para que se lo tome él, claro. Pero bueno, qué le vas a decir. -¡Deja algo para mí!- le grité. En realidad pensaba: primero podías decir buenos días (aunque yo tampoco he dicho nada, pero estoy en mi casa) y segundo, podías tomar el café en la tuya (aunque la verdad es que me dá igual). Tercero: ¡bah! El Mozo es buen chico.
Dando un trago largo, como si le fuera a gorronear mi propio café, entró apurándolo en el salón y me confesó que tenía algo muy, pero que muy interesante que contarme.
Tenía mirada de confidente. Una mirada nueva. No sospechaba yo que fuera a ser tan jugosa la noticia y me conformaba con un chisme de esos que se olvidan en minutos y no te arrancan ni un gesto verdadero. Lo más, uno simulado y pequeño, económico, vago, falsísimo por descontado.
Su relato, con parecer suave pero resistente como el cuero, terminó siendo una erosión de conceptos que hubieran descabalgado de la virtud mas recta al mejor de los jinetes; aquel que aún respetándolo todo en apariencia, escondiese en la esquina menos iluminada, mas recóndita, olvidada y perdonada, el peor de los defectos. Por momentos, la intención de la lengua del Mozo de Méntrida no era otra -según me pareció - que limar con una escofina la perfección envidiada de los protagonistas de su historia, desbastarla cruelmente. Me acabó dando asco, pero ¿a quien puede importarle?-Anda, termina el café y vete, que tengo que hacer-.